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Memorias de tomás Fernández Robaina. Parte no.07. Mis deudas técnicas y teóricas como profesional bibliotecario no graduado.

26/6/2020
Por: Tomás Fernández Robaina, Biblioteca Nacional José Martí

Memorias de tomás Fernández Robaina. Parte no.07. Mis deudas técnicas y teóricas como profesional bibliotecario no graduado.


Si en lo literario siempre tendré una deuda con Salvador Bueno, en mi formación bibliotecológica la primera persona que me llevó de la mano fue la doctora Aleida Domínguez, quien me enseñó el mundo de las entradas de autores a ocho, de los títulos a doce, de los trazados de materia, pero eso cuando salí de los almacenes, donde me reubicaron después de la desintegración del Departamento Lectura Popular; ese fue el único trabajo que hice por disciplina laboral impuesta. No había tenido otra opción   pues la dirección de entonces fue bien precisa: para los almacenes o para la calle.  

Por supuesto, a regañadientes acepté, pero se lo hice saber a la dirección. Ya narré lo que fue dicho trabajo, pero no mencioné las lluvias, verdaderos aguaceros, temporales casi ciclones, porque la ventolera en el piso 11 era grande cuando se abrían algunas ventanas, y los polvos adheridos a las cubiertas de todas las colecciones encuadernadas, y otros polvillos que habitaban en sus diversas páginas, volaban, y nos empolvaban trágicamente.  Otras compañeros dejaron de hacer tareas similares, porque los estafilococos, dorados, y no sé de cuantos otros colores y denominaciones les habían creado serios problemas en la vista. Y yo que, ni con paragua o mejor dicho con para-estafilococo, y mucho menos capa anti estafilococos me protegía, nunca me enfermé.

Realmente mi traslado para los almacenes no era para formar colecciones, sino para trabajar como estacionarios, nombre que se le daba a los que servían los pedidos de los usuarios, tanto de libros como de las publicaciones periódicas. Me dijeron que tenia que rotar, es decir una semana trabajaba un turno de día, y en la otra de noche. Para evitar la rotación demostré que estaba estudiando, en la Alianza Francesa, gracia a ese hecho, se decidió que formara las colecciones ya explicadas.  


Me fue un suplicio efectuar esa tarea en las primeras semanas, pero a medida que iba observando como organizaba las colecciones, y lo que aprendía de algunas lecturas de sus contenidos, la actitud de protesta inicial fue desapareciendo. Por tal razón, coloque un letrero que decía PISO ONCE TERRITORIO LIBRE DE LA BIBLIOTECA NACIONAL Además, al vincularme con trabajadores experimentados en la entrega de libros, periódicos y revistas, como Mendizaba, me permitió en ocasiones ayudarlos, y sin proponérmelo convertirme después en un estacionario más,  sobre todo cuando  organicé  no sé cuantas colecciones, ubicadas en sus respetivos estantes, y una vez así, comenzaron a ser enviadas a diferentes bibliotecas.

Mi jefe directo era Emilio Setién, y gracias a él no tuve que rotar.  Mis compañeros de los almacenes, conociendo las funciones que había realizado con Salvador Bueno, no entendían porque no me utilizaban en tareas de más nivel. María Lastayo, jefa de Selección y Canje y Elena Giráldez, hacían todo lo posible para que yo saliera de los almacenes. Realmente, no recuerdo que yo estuviera tan ansioso de que me reubicaran en otro sitio, me había identificado con lo que hacía, y además, tenía tiempo  para estudiar idioma.

El primer cambio fue bajar al departamento de Hemeroteca y re-mecanografiar las fichas de las publicaciones periódicas, actualizando la información que ofrecían.  

Breve tiempo después, Hemeroteca e Información de Humanidades se fundieron, y su directora Isabel Fernández me rescató y comencé a operar como analista de revistas en inglés, italiano, portugués y francés.  Idiomas que a pesar de que no los hablara, podía leer, entender, y redactar fichas analíticas de los artículos relacionados con temas y autores cubanos.  En esa labor Aleída Domínguez aparece como mi maestra, enseñándome y precisando la importancia de los espacios, del modo que debían ser indicados en la ficha manuscrita para que los mecanógrafos hicieran su trabajo más eficiente, y poblaran los catálogos con las fichas de autores y de materia.


Me encontraba ya perfectamente asimilado a mis nuevas funciones, cuando se me asigna la tarea de identificar, y seleccionar los libros y artículos de tema afro para una bibliografía que se debía compilar, motivada por un seminario afro caribeño que la UNESCO regional celebraría en Santa Clara y en La Habana. Tendría el mes de agosto completo, para que cuando regresaran los bibliotecarios de sus vacaciones, ellos la confeccionaran.

Al segundo día de estar marcando con unos papelillos los artículos que debían describirse, me dije, Tomás, estás haciendo el papel del tonto, si tú haces analíticas en otros idiomas, como no vas a poder hacerlas en tu propia lengua. Y por supuesto, dejé de marcar los textos seleccionados, e hice sus analíticas pertinentes.

Cuando llegaron los bibliotecarios encargados de concluir la bibliografía, me excusé. Aleguex que no había entendido bien lo que se  me orientó. Había confeccionado más de quinientos registros, por lo que me asesoré con mi maestra Aleída, con Regla Peraza, jefa del Departamento Metodológico y con Aida Quevedo, una de sus profesionales más competentes, ambas se habían especializado en metodologías para confeccionar  bibliografías de ciencias y técnicas que tenían como fuentes informativas las colecciones de publicaciones periódicas que tributaban al Catálogo de Ciencia y Técnica, una contribución importantísima de  la Biblioteca Nacional al desarrollo científico técnico de Cuba no reconocido como uno de los tantos logros del período de María Teresa Freyre. 

No me di cuenta en su momento, pero mi iniciativa compilatoria me causó la primera confrontación profesional, de muchas que vendrían después.

Se me criticó duramente la utilización de epígrafes de materias con el prefijo afro.

Acepté la orden de eliminarlos, pero logré que, en el índice analítico general, los utilizara remitiendo a la forma impuesta por la tecnocracia de aquel momento.    De Afrobrasileños   a véase brasileños.  Me parecía ridícula esa determinación, que no era únicamente un problema técnico sino también conceptual, y que considere entonces hasta político.


Lo anterior también lo percibí cuando me dijeron seleccionar solo trabajos folklóricos, históricos de la esclavitud, aspectos culturales, literarios o musicales. Sin embargo, mi búsqueda me puso en contacto con importantes escritos denunciadores de la discriminación racial en Cuba.  No me sentía satisfecho con mi ejecutoria, pero entendí, más intuitivamente que por una reflexión racional, que no me encontraba en condiciones de luchar, porque yo me sentía como un venado amarrado a la entrada de una cueva de leones. Por eso fui disciplinado, incluso en la estructura que se me aconsejó aplicar. Para mi sorpresa el doctor Argeliers León escribió la introducción. Y así fue, y así se mecanografió la primera versión que contenía los códigos de domicilio de los registros para que los lectores no tuvieran que ir al catálogo ahorrándoles el tiempo de búsqueda, pues podrían llenar las boletas para solicitar los documentos directamente de la bibliografía.  A la hoja título le agregué lo que había visto en otras obras similares, el nombre del compilador.

No pasó mucho tiempo sin que me llamaran a una reunión donde se me informó que la bibliografía se publicaría sin los códigos de domicilio. La comisión técnica alegó que las compilaciones de la institución no solían dar esa información. Estaba a punto de arremeter contra esa decisión, cuando me soltaron la segunda objeción. Mi nombre no podía aparecer como compilador, tampoco era usual   en las bibliografías que se editaban por o en la biblioteca.

Ante esa determinación alegué con energía mi derecho a que se conociera quien había sido el compilador. Si en la inclusión o no del código de domicilio, se alegaban consideraciones técnicas, en la aparición del nombre primaba normas editoriales, y pude demostrar con muchos ejemplos de que era una tradición en las bibliografías cubanas la inclusión del nombre del bibliógrafo.


La Bibliografía de estudios afroamericanos me permitió asistir a mi primera conferencia de esta temática, en la cual permanecí mudo, estaba entrando en un mundo desconocido para mí, casi irreal. Más aún cuando oí a Teodoro Díaz Fabelo decir que había sido explotado por Fernando Ortiz, de haberle robado conocimiento, y nunca agradecérselo públicamente. Al indagar sobre lo escuchado, supe que Ortiz solía pagar a personas para que le buscaran información.

Meses después conocí a Teodoro,  el recorría las bibliotecas donando sus manuscritos; pude apreciar  sus amplias fuentes bibliográficas, localizadas  para Ortiz, pero que el también manejaba; no me fue difícil percatarme, que Fabelo poseía una importante obra investigativa diversa y diferente, en su mayoría a la que conocemos de Ortiz. 

Lo penoso y triste es que siendo su obra tan vasta y de gran valor la misma esté en su inmensa totalidad inédita, saqueada por los depredadores intelectuales de estos temas. Evidentemente le fue difícil publicar antes de 1959, y también después, debido a que sus trabajos tenían el noble propósito de presentar las religiosidades de matrices africanas vigentes entre nosotros, dándole el mismo rango que las religiones aceptadas por los diferentes poderes políticos y económicos.  Su empeño por demostrar la trascendencia y profundidad de esas religiones, lo forzó a estudiar mucho, hacer comparaciones con otras de Asia y del Medio Oriente, y a utilizar un vocabulario, una forma de redactar, no siempre comprensible para el lector medio, aunque hay obras más potables; no pocos de sus originales alcanzan un alto volumen de páginas, otro aspecto, que limitaba sus posibilidades de editarlos. Fabelo entregó copias de sus libros, a la Biblioteca Nacional, al Instituto de Literatura Lingüístico, a la Biblioteca Central de la Universidad de la Habana, y en la Regional de la UNESCO en Cuba. 

La Bibliografía de estudios afroamericanos me hizo entrar en el mundo de los repertorios bibliográficos como un medio de recuperar información, pero además, tomé conciencia de mi origen, de mi cultura barriotera, mejor dicho popular, de mi pertenencia e identificación plena con ese mundo verdaderamente surrealista, mágico, de una de nuestras realidades, que era particularmente la mía

Me llamaba la atención los estudiantes de danza,  de los instructores de arte y de otros usuarios de la biblioteca, que venían buscando información sobre Obatalá, Yemayá, Ochún, Changó, Ogún, entre otros orishas, y apreciar como los entonces referencistas se volvían loco para dar respuestas;  los libros de esos temas no siempre tenían un índice analítico, por eso supe que muchos de nosotros, provenientes de los sectores popular, poseíamos una cultura, un conocimiento adquirido desde nuestras infancias, que no se ensenaba en las escuelas. 

En cierta medida comencé a colaborar con los referencistas, explicándoles las características de tales deidades de origen africano, popularmente sincretizados con vírgenes y santos católicos, sin dejar mi función de analista, a la cual se le había agregado la de bibliógrafo, que poco a poco se apoderó de mí como una drogadicción. Dicha labor me puso en contacto con la historiografía de nuestro país, particularmente, con la historia social y política de nuestros ancestros africanos y descendientes,   temas a los cuales me dediqué, pues mis maestros Rogelio Martínez Furé, y Lázara Menéndez, ya eran autoridades en el campo de la religiosidad; y así, poco a poco, el tiempo fue pasando, pero de ese proceso, hablaré más adelante.  



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