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Correo desde la Isla de la Dignidad.A propósito de Salvador Allende

26/6/2020
Por: Armando Hart Dávalos, Biblioteca Nacional José Martí

Los dramáticos sucesos acontecidos el 11 de septiembre 1973, nos exigen reflexionar sobre el papel de la cultura en el cumplimiento del deber por la patria. Es esa una fecha que quedará para siempre en la historia de nuestra América en su doble y contradictorio significado; porque de un lado, será la triste imagen del horrendo crimen de Estado que se cometió y del otro, uno de los puntos más altos de la dignidad humana que muestra la confianza que tenía Salvador Allende en la democracia y en el triunfo definitivo del ideal socialista. 

Cuando lo recuerdo, no puedo olvidar sus enseñanzas, porque para que haya paz y reconciliación, hay que abrir las posibilidades y los caminos a que un programa socialista como el de Allende pueda arribar al gobierno y asumir plenamente sus responsabilidades. El problema radica en que la tragedia económica y social de América Latina ha estado precisamente relacionada con el fracaso reiterado de la política del liberalismo económico, la cual ha sido frenada y obstaculizada ―aunque parezca una paradoja― por el sistema financiero y económico impuesto por el imperialismo yanqui.

¿De qué liberalismo se habla hoy en América Latina si los grandes consorcios monopolistas limitaron e impidieron el desarrollo de nuestras fuerzas productivas y le han creado y le crean, obstáculos insalvables a un capitalismo independiente en el continente? El propio pensamiento liberal latinoamericano, como fenómeno de cultura política, que es una de nuestras sagradas memorias y herencias espirituales, se vio cogido en la trampa que le interpuso el poder de los modernos financistas extranjeros en alianza con los grandes terratenientes feudales, herederos estos últimos del viejo colonialismo. 

En fin, no hay dudas que, para salir de este círculo vicioso, hay que enfrentar con unidad a nuestro secular enemigo y proteger los intereses nacionales frente al criminal saqueo de recursos humanos, técnicos y financieros al que aún estamos sometidos. Esto último fue lo que hizo Lázaro Cárdenas, en México, en la década del treinta y esto fue lo que intentó hacer Salvador Allende en su gobierno. Esto forma parte de una tradición de cultura política latinoamericana porque, y aquí quería llegar, en este diálogo cultural, la contradicción esencial, en este orden de cosas, se halla entre las ideas hegemónicas de los círculos más estrechos del imperialismo norteamericano de un lado y la tradición de unidad latinoamericana que nos viene desde la época de Simón Bolívar. Este drama de profundos fundamentos económicos tiene raíces y expresiones espirituales que estamos en el deber de estudiar en todos los campos de las ciencias sociales e históricas y también en las de carácter cultural en su sentido más amplio.

La solución reitero está en ampliar constantemente la democracia y el papel del pueblo y todas sus capas sociales. Hay fuerzas emergentes en nuestro continente que se rebelan como síntomas de un mundo nuevo que lucha por nacer o, mejor, por irrumpir. O se le abre paso a los cambios que suponen una mayor participación popular y una más amplia satisfacción de las necesidades del pueblo o ellos buscarán sus propias soluciones. Las convulsiones volcánicas están a la vista y muestran sus signos por todas partes. 

Así siento yo la dramática apelación de Salvador Allende, quien no fue solo un hijo de esa tierra que tanto amamos, sino fue un patriota de toda la América Latina y el Caribe y hoy es uno de sus símbolos más altos; para que se abran por siempre “las grandes alamedas” para que pase el hombre libre.


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