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Para ti, Rosa Fornés, mi Rosa que nunca dejaré marchitar.

28/6/2020
Por: Tomás Fernández Robaina , Biblioteca Nacional José Martí

Compartimos un bello escrito de la autoría del investigador Tomás Fernández Robaina, dedicado a la vedette de Cuba, Rosita Fornés,  recientemente fallecida 

Para ti, Rosa Fornés, mi Rosa   que nunca dejaré  marchitar.

Mi siempre querida y admirada Rosita:

Tu adiós no inesperado, me hizo pensar de una realidad que nunca tenemos presente. Siempre nos olvidamos que cuando nuestras madres nos traen al mundo, la muerte nos acompaña, abrazándonos, a veces, en edades muy tempranas o muy lejanas, a pesar de todos nuestros intentos para evitar ese abrazo no deseado. Pero nuestros cuerpos se debilitan con el correr de los años, de forma más lenta o rápida, facilitando que las no siempre visibles avecillas ikuenses, se aniden dentro de nosotros, y de sus posturas nazcamos en otras dimensiones existenciales muy diferentes a las conocidas con anterioridad.

 La noticia de tu futuro nacimiento no me tomó por sorpresa, pues cuando ya uno tiene más de medio siglo de vida, la temible  parca para muchos,  constantemente nos merodea,  lista para transportarnos dialécticamente a su mundo. Pero nosotros, Rosita,  tus fans desde que triunfaste en la Corte  Suprema de Arte, en 1937, hemos seguido tu exitosa carrera artística, en la cual te ganaste el merecidísimo título de la Gran Vedette de América,  en los escenarios de tu querida tierra azteca.

Te recuerdo en tus actuaciones del cine mexicano, en tus interpretaciones del teatro lítico, en tus programas de nuestra televisión particularmente en Mi Esposo Favorito, en tu salida del Disco Volador aterrizado en la ciudad deportiva de la Habana. Pero el más importante, el que marcó tu existencia en mí, fue cuando yo muy joven, caminando muy aprisa por la calle 23, al doblar por L tropecé contigo. Al ver que había chocado con la ya para mi admirada Rosa ornes, Me quedé anonadado, impresionado por tu belleza, tu cuerpo, tu vestir, tu perfume, tu pelo, entonces enmudecí, y no sé cómo pude disculparme, ocultando mi timidez. Me miraste y me dijiste algo sonriéndote, que no oí, de lo nervioso que estaba por el tropezón contigo, hecho que nunca me atreví a contarlo hasta hoy, y que tal vez, sea capaz de recordártelo directamente cuando yo también sea tu vecino en esa dimensión donde estás ahora; pero te digo bien bajito, y guárdame por favor el secreto: ojalá que ese momento, que no temo, se demore bastante. 

Tomás Fernández Robaina

La Habana, 12 de junio del 2020



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