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Correo desde la Isla de la Dignidad. Cuando me hice fidelista

26/7/2020
Por: Armando Hart Dávalos, Biblioteca Nacional José Martí

Correo desde la Isla de la Dignidad. Cuando me hice fidelista


Por Armando Hart Dávalos


El asalto a la fortaleza militar de la tiranía en Santiago de Cuba, al oriente del territorio cubano, significó la réplica necesaria a las implicaciones del golpe de Estado. La heroicidad y la audacia de los combatientes repercutieron decisivamente en la situación del país. Tras los impactantes sucesos del 26 de julio de 1953, la figura de Fidel adquirió una dimensión nacional con verdadero relieve en toda la Isla; aquellos héroes y mártires trasmitieron un profundo mensaje que dejó una huella permanente en la historia de Cuba. 

Asimismo, resulta necesario recordar que en los años cincuenta existía un vacío ético en la superficie política de la sociedad cubana. Como consecuencia de la acción del Movimiento 26 de Julio, se produjo un ascenso moral y cultural de vasto alcance social. Sentido ético de la vida y programa de redención humana y social estuvieron presentes en la médula de aquellos acontecimientos que Fidel describió con magnífica prosa en el documento fundador: La historia me absolverá.

La ética y la justicia social siguen constituyendo hoy, la principal necesidad de Cuba, América y el mundo. Por eso, el Moncada fue y será un hecho que la historia premió no sólo absolviendo a los combatientes, sino con el agradecimiento eterno de la posteridad. 

Esa línea de pensamiento y sentimiento, muy relacionada con la necesidad de abrirle camino a la acción política, la tomó la Generación del Centenario de la tradición patriótica, literaria y moral que trasmitieron la educación y la escuela cubanas desde el siglo XVIII; por ella nos hicimos revolucionarios.

¿Y cuál era el contenido presente en el programa y las aspiraciones del Movimiento 26 de Julio que como una constante recorren la historia de la Revolución por más de cincuenta años? En los propósitos del Movimiento 26 de Julio se fusionaron las mejores tradiciones éticas de la sociedad cubana con las necesidades de medidas emancipatorias, económicas y sociales de entonces.

La tradición moral le viene al cubano desde los tiempos de forjación, cuando el presbítero Félix Varela, en la escuela que fundó, reclamó la abolición de la esclavitud y la independencia nacional. El contenido de nuestra ética está caracterizado por la escuela de Luz y Caballero, quien situó a “la justicia como el sol del mundo moral” y se completó más tarde, logrando alcance universal, cuando José Martí señaló: “Con los pobres de la tierra/ Quiero yo mi suerte echar”.

El sentimiento ético, patriótico, el sentido heroico del Moncada y las exigencias de igualdad y justicia social contenidas en La historia me absolverá, están en la médula de aquel acontecimiento. Esta articulación llegó hasta nuestros días y se proyecta hacia el porvenir. 

Ética y justicia social constituyen la principal necesidad de Cuba, América y el mundo de hoy. En el 26 de Julio se expresó la síntesis del pensamiento y el programa de José Martí, con las realidades y exigencias de la sociedad cubana de la década del cincuenta. Responde en su forma, estilos de realización y en sus principios a la genuina tradición revolucionaria cubana. 

En mayo de 1955, Fidel salió del presidio de Isla de Pinos y se dispuso de inmediato a organizar el Movimiento 26 de Julio; la organización que tendría la responsabilidad de llevar adelante la lucha revolucionaria contra el régimen dictatorial de Fulgencio Batista. 

Por esa época muchos de nosotros militábamos aun en el Movimiento Nacional Revolucionario (MNR),  que por entonces estaba prácticamente disuelto y cuya bandera principal había sido el insigne profesor Rafael García Bárcena. Nos fuimos integrando al Movimiento 26 de Julio, como resultado de un proceso natural, para continuar en la lucha activa y el camino insurreccional. 

Fidel comenzó a vivir en el céntrico apartamento capitalino de su hermana Lidia, en el edificio del jardín Le Printemps, en la calle 23, esquina a 18, en el Vedado. Aquella vivienda se convirtió en un hervidero de personas que entraban y salían. Coincidí en el lugar con muchos dirigentes de la Juventud Ortodoxa, de la FEU y de diversas  organizaciones oposicionistas.

Desde el 10 de marzo veníamos sustentando que la dictadura sólo podía ser derrocada por una revolución popular. Sin embargo, la táctica de Fidel fue no plantear de inmediato la lucha armada, porque los combatientes del Moncada acababan de ser amnistiados y no era lógico que se lanzara de inmediato la consigna de la insurrección. Esta responsabilidad no debía recaer en los revolucionarios, sino en la tiranía. Y de hecho eso fue lo que hizo el gobierno, al cerrar cualquier posibilidad de una salida pacífica, porque Batista impuso todos los obstáculos posibles a las soluciones políticas que trató de buscar Fidel. Por ejemplo: impidió la celebración de un gran acto convocado para el 20 de mayo de 1955, en la escalinata universitaria, en el que debía hablar Fidel; tampoco le permitieron que compareciera en un conocido programa político de la televisión llamado “Ante la Prensa” y tampoco en el espacio radial “La Hora Ortodoxa”.

Entonces, el líder del Movimiento 26 de Julio, comenzó a librar la batalla política más importante en aquellas circunstancias: denunciar los crímenes cometidos el 26 de julio de 1953 y los días subsiguientes. Aunque esta acusación no era un llamado a la Revolución, hacía más daño a Batista que la posición insurreccional; porque sin convocar a la guerra, Fidel desmoralizó al enemigo. Al punto que, Waldo Pérez Almaguer, un funcionario que había sido gobernador en la antigua provincia de Oriente, no quiso responsabilizarse con los horrendos crímenes del 26, 27, 28 y 29 de julio de 1953 e incitado por la apelación pública que hizo Fidel, se dispuso a confirmarlos. 

No era fácil encontrar en La Habana un periódico capaz de reproducir estas revelaciones de Fidel; sin embargo, el diario La Calle, tribuna popular dirigida por Luis Orlando Rodríguez, lo hizo. El trabajo de Fidel, “¡Mientes, Chaviano!”, se convirtió entonces en el cargo más importante contra la tiranía. Posteriormente ―como era de esperar― el gobierno suspendió el periódico.

Fidel tenía concebidos planes revolucionarios. En aquellos meses nos habló de la expedición y de la huelga general, de que había que constituir una dirección de apoyo a estos empeños; explicó que debía quedar integrada por los compañeros de diferentes tendencias que habían aceptado el plan. 

La Dirección del Movimiento constituida en 1955 y los cuadros más importantes agrupados a su alrededor en el trabajo clandestino, provenían esencialmente de dos vertientes de la Ortodoxia: los que habían participado en el Moncada, bajo el liderazgo de Fidel o que habían estado bajo su influencia política en el seno del Partido del Pueblo Cubano y los que procedíamos del MNR. Estas corrientes políticas tenían su origen en el amplio movimiento de masas que había generado en el país el líder de la ortodoxia Eduardo Chibás. 

Una noche, semanas antes de su partida hacia México, se produjo una reunión en una casa situada en la calle Factoría. En esa histórica ocasión Fidel dejó constituida la Dirección del Movimiento 26 de Julio en Cuba, la cual estuvo integrada de esta forma: Pedro Miret, Jesús Montané, Faustino Pérez, Haydée Santamaría, Melba Hernández, José Suárez Blanco, Pedro Aguilera, Luis Bonito, Antonio Ñico López y el que suscribe estas líneas. En Santiago se encontraba Frank País García, quien era el centro del Movimiento en toda la región oriental. Y para lo cual tenía una extensísima red clandestina que abarcaba casi todo el territorio. Junto a Frank, laboraban Vilma Espín, Julio Camacho Aguilera, Léster Rodríguez, Taras Domitro, Pepito Tey, Tony Alomá, Otto Parellada, Arturo Duque de Estrada, Enzo Infante, Agustín Navarrete, Carlos Iglesias y decenas de compañeros más, en esta provincia era donde más había avanzado la organización. Desde allí fungía como tesorera María Antonia Figueroa. Todos los compañeros de la Dirección constituida entonces en Cuba permanecimos fieles a la Revolución.

El proceso de integración de la Dirección del Movimiento se caracterizó por la unidad; nosotros proveníamos de otra organización y fuimos recibidos con amplio espíritu de colaboración. En La Habana teníamos los más importantes encuentros y puntos de contacto en el tercer piso de la casa de Jovellar 107; allí vivían Melba Hernández y sus padres, quienes trabajaban con nosotros de manera intensa y decidida. 

Batista no tenía más salida que desencadenar con mayor violencia la persecución de los fidelistas y esto fue lo que hizo. Corríamos el peligro de que asesinaran a Fidel a Raúl y a otros moncadistas, pues había indicios de que estos planes ya estaban en marcha. Lo más aconsejable era tomar el camino del exilio para organizar la expedición armada, por lo que finalmente Fidel partió hacia México por el aeropuerto de Rancho Boyeros, en la tarde del viernes 7 de julio de 1955.

Como ya he señalado, la idea de una salida pacífica y su planteamiento público habían durado bien poco. Porque el propio dictador se encargó de demostrar con la persecución inmediata de Fidel y sus compañeros, que el único camino posible era el de la insurrección. Bastaron dos escasos meses para que el jefe de la Revolución pudiera formular nuevamente el planteamiento de la lucha armada. Cuando salió de La Habana señaló: “De este viaje no se regresa o se regresa con la tiranía descabezada a los pies”.

Cuando la política se toma en serio hay que asumir las coyunturas y situarse por encima de sus contingencias menores. Debe poseerse una inmensa serenidad y paciencia para enfrentarla con éxito ¡Qué difícil resulta muchas veces! Las revoluciones no son paseos por hermosos prados y jardines, donde los hombres marchan sin dificultad y angustia. Los procesos de cambio están cargados de ellas y las multiplican. La historia no transcurre en forma lineal. Las situaciones contradictorias generan pasiones donde anda presente el conflicto humano y marcan el proceder revolucionario.

Unos pocos de los que se iniciaron en la gesta acabaron al margen de esta historia de gloria. Se perdieron la felicidad de vivirla junto al pueblo de Fidel, porque aspiraban a más de lo que ellos podían ser dentro de la Revolución, los movió el resentimiento. 

La Revolución Cubana fue la primera revolución de inspiración socialista que triunfó en el hemisferio occidental; la proeza es mayor cuando se toma en cuenta que, los años transcurridos desde entonces están marcados por el declive del socialismo en Europa Oriental y en la URSS. Las décadas que podemos contar desde el Moncada hasta acá, no se borrarán jamás de la historia de Cuba, América y el mundo. La Revolución Cubana significó un aldabonazo en la conciencia universal.

Deseo concluir estas líneas recordando que sería imposible entender el propio proceso de la Revolución y las posibilidades que se abrieron para su radicalización acelerada, sin tener en cuenta la transformación que se produjo en Cuba, como consecuencia de la acción revolucionaria del Movimiento 26 de julio. A partir del 13 de marzo de 1952, los representantes de los partidos políticos tradicionales alineados con la tiranía, perdieron toda posibilidad de dirigir el movimiento popular y representar al país. El liderazgo pasó definitivamente a manos de Fidel Castro y del movimiento revolucionario iniciado en el Moncada.

Les he entregado aquí, las razones por las que asumí la Revolución Cubana como la causa de mi vida. Por lo que este ha sido mi testimonio sobre la época en la que me hice fidelista. 

Y ratifico que me hice fidelista, porque Fidel ha sido capaz de defender y materializar con dignidad y talento los paradigmas éticos y democráticos revelados en la tradición patriótica cubana. 

En esta historia se internó mi vida en los años cincuenta, a ella llegué por una línea de pensamiento y sentimientos que identifico con los recuerdos más remotos de mi infancia. Las ideas de justicia y la búsqueda de equilibrio se encuentran en sus raíces más íntimas. Asumí estos valores y convicciones con un sentido ético trasmitido por la familia, la escuela y la tradición cultural cubana, cuyo punto más elaborado se halla en José Martí; para mí todo empezó como una cuestión de carácter moral.




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