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120 Aniversario de la BNCJM

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Foto de 120 Aniversario BNCJM - Uno de los manuscritos más antiguos de la Biblioteca Nacional de Cuba: el códice de Santo Tomás de Aquino de 1433.

120 Aniversario BNCJM - Uno de los manuscritos más antiguos de la Biblioteca Nacional de Cuba: el códice de Santo Tomás de Aquino de 1433.

18/10/2020
Por: Olga Vega García, Biblioteca Nacional José Martí

Uno de los  manuscritos  atesorados en la Biblioteca Nacional de Cuba, considerado a lo largo de los años como el más antiguo, es un Códice de 1433 que contiene una transcripción de la obra de Santo Tomás de Aquino sobre la educación de los reyes y los príncipes, debida a un cierto Lope, de la diócesis española de Sigüenza, en la cual radicó un centro eclesiástico y universitario. Dado el interés que ha revestido siempre se decide reeditar un artículo ya  publicado en saludo al 119 aniversario de la BNCJM.

Su autor, Santo Tomás de Aquino (1225-1274), en italiano Tommaso D`Aquino, fue un teólogo y filósofo católico perteneciente a la Orden de Predicadores, principal representante de la tradición escolástica, y fundador de la escuela tomista de teología y filosofía. Conocido también como Doctor Angélico, Doctor Común y Doctor Universal.

Nació en una familia noble en Roccasecca (cerca de Aquino, en Italia) y estudió en el famoso monasterio benedictino de Montecassino y en la Universidad de Nápoles. Ingresó en la orden de los dominicos en 1243 y dos años después en 1245 se trasladó a París para completar su formación. Estudió con el célebre filósofo escolástico alemán Alberto Magno (c. 1200-1280), siguiéndole a Colonia en 1248.

Tomás de Aquino fue ordenado sacerdote dos años después y empezó a impartir clases en la Universidad de París en 1252. Sus primeros escritos, en particular sumarios y explicaciones de sus clases, aparecieron posteriormente. Su primera obra importante fue Scriptum super quatuor libris Sententiarum Magistri Petri Lombardi (entre 1254 y 1259), que consiste en comentarios sobre una obra relacionada con los sacramentos de la Iglesia, Sententiarum libri quatuor del teólogo italiano Pedro Lombardo (c. 1100-1160).

En 1256 se le concedió un doctorado en Teología y fue nombrado oficialmente profesor de Filosofía en la Universidad de París. El papa Alejandro IV le llamó a Roma en 1259, donde sirvió como consejero y profesor en la curia papal. Regresó a Francia en 1268, y enseguida llegó a implicarse en una controversia con filósofos de su tiempo.

En 1272 fue a Nápoles, organizando una nueva escuela dominica. En marzo de 1274, mientras viajaba para asistir al II Concilio de Lyon, al que había sido enviado por el papa Gregorio X, cayó enfermo y falleció un 7 de marzo en el monasterio cisterciense de Fossanova. Canonizado en 1323 por el papa Juan XXII, fue proclamado doctor de la Iglesia por el papa Pío V en 1567.

Autor muy prolífico, con cerca de 800 obras, entre ellas su Summa contra Gentiles (1261-1264), un estudio razonado con la intención de persuadir a los intelectuales musulmanes de la verdad del cristianismo y, sobre todo, Summa Theologiae (que comenzó a escribir en 1265 y dejó inconclusa).

No ha sido objetivo de este artículo tratar la figura de este autor y si las características del Códice desde el punto de vista bibliológico. Una rica bibliografía en soporte bibliográfico o papel es factible consultarla de manera exhaustica de acuerdo con los intereses de los lectores.

Este volumen versa sobre la educación de los reyes y los príncipes. Una cita con plena vigencia sobre ese tema es atribuida a él: “El único instrumento que los hombres tenemos tanto para perfeccionarnos como para vivir dignamente es la educación” (1). La educación de los monarcas y miembros de la nobleza era un aspecto imprescindible para el buen desarrollo de los reinados en aquel entonces.

La forma más ampliamente utilizada en esta época fue de la de códice, de gran formato, difícil de manipular por su peso y volumen. Aunque estaban confeccionados por lo general en pergamino, obtenido a partir de pieles de animales y muy resistente, comenzó a emplearse el papel  como es el caso, para disminuir su costo, pero también su durabilidad, coadyuvando a una mayor producción de ejemplares dada la creciente demanda.

Los manuscritos carecían de portada; ésta no va a aparecer hasta después de establecida la imprenta. Al no existir, las obras solían iniciarse con la palabra incipit, que quiere decir en latín “aquí comienza” o fórmulas parecidas, y al final del libro se añadía el explicit o explicitus est, el cual actuaba como una especie de colofón en el cual se ofrecían indicaciones de lugar y fecha de transcripción, nombre del copista, autor de la obra, iluminador, poseedor y a veces el tema de la misma.

Las páginas aparecían dividas en dos o más columnas. Al principio no se numeraban las páginas, pero más tarde se comenzó a utilizar el reclamo y a foliarlas. También se numeraron a veces los cuadernillos: la signatura indicadora del orden de los mismos se colocaba al comienzo o al final de cada uno de ellos.

Su puntuación era bastante irregular, puesto que fue poco frecuente la separación de palabras y párrafos, sobre todo en los primeros tiempos, empleándose gran cantidad de abreviaturas o palabras ligadas a la hora de copiar los volúmenes, que aparecían en forma de contracciones de las palabras, signos especiales y las letras ligadas que se emplean profusamente, sobre todo en las palabras latinas, por ejemplo æ.

En los márgenes, además de los ornamentos o ilustraciones solían insertarse las glosas o notas marginales, donde se ofrecían aclaraciones o comentarios acerca del texto. Desde el Siglo IV los monjes ilustraron o iluminaron sus libros. Las miniaturas eran en un inicio letras o dibujos de color rojo que encabezaban los manuscritos y su nombre proviene de minio, sustancia de ese color que utilizaban los ilustradores, entre otras.

Los libros se encuadernaron de acuerdo con su valor; de hecho las encuadernaciones de ese entonces pueden agruparse en dos grandes clases: las de orfebrería y las de uso corriente. Lamentablemente el ejemplar en cuestión fue reencuadernado muy posteriormente como puede observarse, por lo que se desconoce qué materiales se emplearon en él originalmente, aunque dadas sus características generales es factible que fuera de las más económicas.

Su estado de conservación es regular; el papel tiene cuerpo, es del llamado de tina o cuba, confeccionado con fibras textiles, que garantizaron su durabilidad hasta hoy, aunque el empleo de tinta ferrogálica usada en la copia, perforó el material escriptóreo provocando que en ocasiones el texto sea prácticamente ilegible y muchas hojas tengan grandes perforaciones motivadas por ello, rompiendo las fibras y motivando faltantes.

Perteneció al Fondo Antiguo, mantiene su cuño en rojo que lo acredita y un folio 00001 que indica que fue el primero procesado en fecha incierta.

Este ejemplar tiene un indiscutible valor. No es seguro que sea el más antiguo atesorado en la BNCJM como se ha afirmado en algunas publicaciones, puesto que hay otros volúmenes manuscritos pertenecientes a la Colección Raventos pendientes de investigación y hasta un pequeñito iluminado que lamentablemente tiene un explicit muy dañado parece anterior a este, , pero sin duda es un “tesoro”, aunque no tenga la belleza que otros producidos en el período, y mantiene un especial interés para investigadores y estudiantes, de la especialidad y otras afines, por cuanto sirve de excelente material de estudio para la impartición de la asignatura de Historia de libro y las bibliotecas al relevo joven que es imprescindible preparar en la biblioteca nacional y del sistema de bibliotecas públicas cubanas y en otras especializadas que atesoran un fondo valioso a lo largo de la Isla.


  • Foto de Uno de los manuscritos más antiguos de la Biblioteca Nacional de Cuba: el códice de Santo Tomás de Aquino de 1433. Uno de los manuscritos más antiguos de la Biblioteca Nacional de Cuba: el códice de Santo Tomás de Aquino de 1433.
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